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Cartas entre Moscú y Lisboa

Москва I

Querido JR,

Supongo que le habrá quedado claro que la movilización de masas no es nuestro fuerte. Con el gobierno que han montado que si no fuera porque habría que aplicarles la de sus admirados gabachos al Delfín daría vergüenza ajena; con el señor del dedo y la barba; con los trajes del paradigma de la honradez; con la crisis que dicen que hay; me pongo piadoso y le digo: ¡con la Rosa de España!.Ya ha visto lo que han votado nuestros abuelos y primos. La participación ha sido incluso mayor que en las anteriores. A la vista de los resultados la pesadumbre se apoderó de mi y las palabras de mi tío Mario (lo recuerda, estoy seguro) ¡Qué desatino! era lo único que acertaba a razonar esta mañana.

Se ha fijado en nuestra tierra, ¿verdad?. La obscenidad de esas dos columnas, pidiendo a gritos señoritos a los que agradar. ¡Vivan las caenas! Repetimos una y otra vez, como queriendo dar la razón a Hegel. Si hasta en su bello país, que tanto nos gusta despreciar a este lado del Guadiana, nos han puesto las peras a cuarto dándonos otra lección de la que no tomaremos nota.

Pero, en fin, no quisiera cerrar mi primera misiva con este amargor en la boca. Este fin de semana estuve en Bielorrusia (la Rusia Blanca, que en verdad es verde), coincidiendo sin pretenderlo con la escalada dialéctica del tirano Lukashenko. Otro de los felices hallazgos del más pronto que tarde añorado Bush, fue este rinconcito al noroeste de Rusia. Una tiranía en toda regla que, no obstante, conserva las calles limpias, los turistas a raya, los rusos a la derecha y los europeos a la izquierda. ¡No vea cómo le está buscando las cosquillas a nuestro Zar! Ya le contaré, porque si se trata de un pulso, sólo puede acabar mal.

Aunque, que quiere que le diga, este Lukashenko, puede ser un lobo, pero no parece ser lo que se dice un bobo. En las calles de Minsk se respira prosperidad administrada. Déjeme que le cite la Lonely Planet, que es insuperable:

Minsk es una ciudad limpia, segura (ordenada y considerada con sus habitantes añado yo) y con pocas atracciones turísticas (¡como debe ser, hombre!). Hay que disfrutarla como lo hacen sus habitantes: pasear por los parques, ir a los cafés, conocer gente e intentar olvidar lo que sucede tras las puertas del Palacio Presidencial.

Siga con salud,

Armando.

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